La música como religión.
La música es la verdadera fuerza que mueve al mundo, impulsada por todos nosotros como amor hacia ella.
La música se retroalimenta de sí misma, quizá sea porque su magnitud es tan solo comparable con ella misma.
La música es un estado, un lugar, un momento, un universo paralelo, un mundo invisible que convive con y dentro de nosotros.
Y nosotros.... ah.... nosotros... somos sus titeres, simples instrumentos, para que ella pueda seguir su misión.
Nosotros debemos agradecer, agradecerle eternamente la posibilidad que nos da. La posibilidad de sentirla, de vivir con ella, de disfrutar o sufrir, de reir o llorar.
Sus consecuencias se van sucediendo en la medida en que nosotros canalicemos nuestra energía en pos de su crecimiento.
Ella recompensará todo nuestro esfuerzo, premiará nuestros logros y castigará nuestras faltas de manera tan sorprendente que no te deja tiempo ni para respirar.
Pero también te proteje. Te proteje ante cualquiera tipo de energía que quiera lastimar.
¿Por qué? Porque la música no pertenece al bien, ni pertenece al mal, se mantiene neutra en la guerra de poderes. Es que esta más allá de eso, es demasiado para poder competir.
La música como destino, único e ineludible. Ella nos elije y no hay nada que se pueda hacer al respecto.
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