El fuego es símbolo de vida, de energía en movimiento, de las fuerzas mágicas que componen la naturaleza. Su uso ritual está destinado a producir cambios drásticos en la existencia, pues se considera alquímicamente que este elemento es producto de la transformación de materia en energía. El fuego es, sobre todo, un elemento purificador pues "quema" por completo la negatividad, si es que se utiliza correctamente. Las velas y las fogatas son elementos que ayudan a invocar la vibración ígnea, al igual que ciertas ceremonias que se efectúan aprovechando la energía del Sol.
Hace mucho tiempo atrás, toda la Tierra tenía una misma lengua y usaba las mismas palabras. Los hombres en su emigración hacia oriente hallaron una llanura en la región de Senaar y se establecieron allí. Y se dijeron unos a otros: «Ea, hagamos ladrillos y cozámoslos al fuego». Se sirvieron de los ladrillos en lugar de piedras y de betún en lugar de argamasa. Luego dijeron: «Ea, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta el cielo. Hagámonos así famosos y no estemos más dispersos sobre la faz de la Tierra». Mas Yahveh descendió para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando y dijo: «He aquí que todos forman un solo pueblo y todos hablan una misma lengua, siendo este el principio de sus empresas. Nada les impedirá que lleven a cabo todo lo que se propongan. Pues bien, descendamos y allí mismo confundamos su lenguaje de modo que no se entiendan los unos con los otros». Así, Yahveh los dispersó de allí sobre toda la faz de la Tierra y cesaron en la construcción de la ciudad. Por ello se la llamó Babel, porque allí confundió Yahveh la lengua de todos los habitantes de la Tierra y los dispersó por toda la superficie...
Pero no todo se perdió ese día. Sobrevivió un lenguaje sin palabras, sin textos, sin esas diferencias que solo las palabras hallan. Sobrevivió la música. Un lenguaje universal que aún perdura y perdurará por los siglos de los siglos. Un lenguaje que, sin palabras, une. Un lenguaje que habla del universo, del amor y del desamor, de la esperanza, de la revolución, de la conciencia universal y humana, un lenguaje que entienden no solo los humanos, sino todos los seres creados. Un lenguaje que consigue acallar cualquier voz en aras de una sociedad mejor, de un mundo mejor, más igualitario, más comprensivo, menos violento. Una llamada a la madre natura de la que provenimos todos aunque algunos aún se nieguen a aceptarlo. La música no necesita de palabras que lleven a la gente a un estado o dirección determinado pues, la música, es un estado de por si. Tiene su propia alma de la cual formamos parte todos nosotros. Nos envuelve cual cálido manto y nos mece en sus dulces brazos tan solo pidiéndonos una cosa, que la escuchemos como nosotros hablamos con ella. ¿Quién puede mentir con una música que entra dentro de nosotros hasta lo más profundo de nuestro ser para acariciarnos de la manera que más nos gusta?
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